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Un espectro que se corrompe en un milisegundo

Hay un dolor latente dentro de Alicia. Lo sé porque sus ojos transmiten una tristeza profunda; irradian la nostalgia de la inocencia que le fue arrebatada en su infancia. Saber navegar por la vida no es lo mismo que vivir. Nadar entre los cadáveres de recuerdos que jamás tuvo; entre la idealización de ser feliz, de no sentir un ardor por las venas cada que el efecto de las sustancias que consume se desvanece. Alicia empezó a construir una máscara de cristal desde ese día. Desde ese milisegundo que le cambió la vida, desde ese momento en el que su padrino, vecino, el mejor amigo de sus papás, se convirtió en una figura maligna, obscura. Un cuerpo convertido en carne, un alma paralizada en el tiempo que pide a gritos ser exorcizada del trauma. La corona de melancolía que ha portado durante años se tiñó de valentía el día que Alicia liberó la tormenta que la poseía. El plumaje de sus alas se convirtió en acero y hoy vuela más alto que él.


Alicia fue abusada sexualmente por un hombre que se hacía llamar su padrino y el día de hoy ese hombre está en libertad. La corrupción y la impunidad tienen libre a un hombre que se dedica a desmenuzar infancias, a convertir sueños en pesadillas, a bañar de sangre la vida de niñas y mujeres.


Las nietas de las brujas que quemaron en estacas se han convertido en el aquelarre de Alicia y están dispuestas a bailar con el diablo las veces que sean necesarias para regresar a su abusador al ardor al que pertenece. Porque ni Alicia, ni sus otras víctimas, ni nosotras le tenemos miedo.


Las niñas no se tocan. Y a las que tocaron, nunca van a volver a tener el privilegio de verlas enmascaradas ni llorar porque hoy vuelan con acero y escupen púas ardientes.

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